Por: Emiliano Huergo –General Manager Bioeconomía

Un informe reciente de la Bolsa de Comercio de Rosario indicó que el Gran Rosario se convirtió en 2019 en el mayor nodo agroexportador del planeta. Desde las terminales instaladas sobre el Rio Paraná se despacharon más de 79 millones de toneladas entre granos, oleaginosas y subproductos. En segundo lugar, se ubicó el puerto de Nueva Orleans, Estados Unidos con casi 65 millones de toneladas y en tercero, el puerto brasilero de Santos, con casi 43 millones de toneladas.

Más de la mitad de los embarques argentinos pertenecieron al rubro soja, que explicaron 4 de cada 10 dólares que ingresaron al país por exportaciones. En 70 km de costa sobre el Río Paraná se levanta el mayor y más moderno complejo de crushing de soja del planeta. Un monstruoso clúster de procesamiento de la oleaginosa en harinas, aceites, biodiesel y refinación de glicerina, que comienza con el complejo de Dreyfus en Gral. Lagos y culmina en Timbúes con Renova. La mayor planta de molienda de soja del mundo, con capacidad para procesar 30 mil toneladas por día. Este conglomerado de empresas e industrias convierten a Argentina en el mayor exportador mundial de glicerina refinada, de biodiesel, de aceite de soja y de harina de soja.

La harina de soja es el principal producto exportable de Argentina. Llamativamente, es denominado por el INDEC como “residuo y desperdicio de la industria alimentaria”, una nomenclatura que debería revisarse, pues estamos hablando del insumo proteico más importante en las dietas de producción de carne de casi todo el mundo. Nada parecido a un residuo.

También hace un poco de ruido que se denomine al sector agroindustrial como “sector primario”. En primer lugar, porque la agricultura hace varias décadas que se ha convertido en una actividad con enorme base científica. Donde hace 30 años se lograban cosechas de 2 mil kilogramos de soja por hectárea, ahora se cosechan 5 mil. Ese valor agregado genuino es producto de cientos de millones de dólares que se invierten en biotecnología, en sembradoras de precisión, en pulverizadoras con control de caudal, en tractores y cosechadoras con monitoreo satelital y en el desarrollo de nuevos productos de protección de cultivos. Y también gracias a las prácticas sustentables del cuidado del suelo, a la inversión en capacitación y a la especificidad de las tareas de los contratistas, cada vez más profesionales. Un conjunto de acciones que ubican a la agricultura argentina como la más sustentable del mundo, el único sector del país que ha reducido sus emisiones de dióxido de carbono respecto al año 2000, aun habiendo duplicado su producción.

El dato de color es que hay varias iniciativas, entre ellas una de Bayer en EE.UU. y Brasil, para compensar económicamente a los productores que incorporen la siembra directa como una práctica para secuestrar carbono en el suelo y hacer frente al cambio climático. Los productores argentinos no califican para estas compensaciones por ser la siembra directa una práctica habitual en el país y formar parte de la línea de base que se utiliza como referencia para reducir las emisiones. 

Economía circular

En la cadena de valor de la soja no hay desperdicios ni residuos. Y donde los hay, están surgiendo opciones para convertirlos en recursos de valor, como por ejemplo biogás en las granjas de cerdos; el gran tema que encendió las redes sociales luego del anuncio oficial del posible desembarco de capitales chinos que disparó debates cargados de emociones ideológicas y carentes de fundamentos técnicos y científicos.

El biogás le da una vuelta más de tuerca a este nuevo paradigma de la economía circular. Es el complemento ideal para remediar pasivos ambientales transformando las corrientes de efluentes o residuos orgánicos en energía. Algunos ejemplos en nuestro país son las centrales térmicas de gasificación San Martin III A y C, que transforman los residuos de la ciudad de Buenos Aires en electricidad que se inyecta a la red. En el rubro agropecuario, Adeco Agro en Christophersen y el criadero de cerdos de ACA en Yanquetruz, fueron pioneros en valorizar el estiércol y los purines de la producción ganadera en electricidad, que también se inyecta a la red. Bioeléctrica en Rio Cuarto, además de los residuos pecuarios de la zona, utiliza también la vinaza de su planta hermana de producción de bioetanol, Bio4, para generar energía eléctrica para la red y energía térmica para el proceso de biocombustible.

Cuando hablamos de biogás hablamos de uno de los combustibles más limpios. En California, la región del planeta con estándares ambientales más estrictos, el biogás de los establecimientos ganaderos es utilizado para compensar las emisiones de los combustibles fósiles. El programa estatal Low Carbon Fuel Standard (LCFS) se basa en un esquema de compensación económica donde los productores de combustibles de alta huella de carbono deben compensar económicamente a los productores de combustibles limpios. Los altos niveles de reducción de emisiones que presenta el biogás generado en establecimientos ganaderos lo convierten en la opción más económica y eficiente para reducir la huella ambiental. Por eso, empresas como Chevron o BP formaron alianzas con los productores ganaderos locales para que les provean de biogás para las estaciones de servicio de GNC o directamente para inyectarlo en la red de gas natural.

Hasta ahora en Argentina no se ha instrumentado el uso de biogás en el transporte o su inyección en la red de gas natural. Para ello es necesario convertir el biogás en biometano o gas natural renovable, RNG por sus siglas en inglés. Esto, que se conoce como upgrade, es un proceso que consiste en elevar la concentración de metano a valores de entre el 95% y 99%. En general el biogás generado a partir de la digestión anaeróbica se ubica entre el 45% y el 55% de metano.

En las tres rondas de RenovAr, el programa para generación eléctrica con energías renovables, se han adjudicado 37 proyectos de centrales eléctricas de biogás por un total de 67MW. Algunos ya están en marcha, pero muchos están demorados o caídos por falta de financiamiento. Entre los que ya están operativos y más lo que podrían sumarse este año, apenas se lograrán cubrir 20 MW de potencia.

De acuerdo con la información que circuló, las granjas producirían 900 mil toneladas de carne por año.  Esto da un potencial para convertir los purines en 30 mil MW.h eléctricos por año. Aproximadamente la misma energía que genera el parque eólico Manatiales Behr de YPF Luz en Chubut, que abastece a las plantas de Toyota, Profertil y Coca Cola. Pero con la ventaja que podría ubicarse muy cerca de los centros de consumo, ahorrando millonarios costos de transporte y produciendo energía de día, de noche, cuando sopla el viento y cuando no.

Pero si esa cantidad de biogás se lleva a biometano puede utilizarse de forma más eficiente y podría abastecer a 400 mil hogares que hoy no disponen de gas natural. Cada granja de cerdos podría instalarse cerca de poblaciones donde hoy no llegan los gasoductos. Obras que son sumamente costosas, que demoran años y que muchas veces quedan abandonadas por falta de fondos. Y cuando se retoman, parte de la infraestructura ha sido víctima del saqueo o vandalismo.

El biometano también puede utilizarse para el transporte y las operaciones en granjas. En la última edición de Expoagro se presentaron tractores y camiones capaces de ser propulsadas por este combustible.

Producir carne de manera sostenible ha dejado de ser una opción para pasar a ser una inversión imprescindible para mantenerse en el mercado. La gestión de los efluentes con plantas de biogás no solo juega en la sostenibilidad, si no que brinda la posibilidad de obtener ingresos por los residuos de difícil tratamiento.  Por eso el biogás se ha convertido en el mejor aliado de las proteínas animales. El último eslabón en la transformación de la harina de soja.

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