Un lugar en la mesa del periodismo agropecuario
Mi experiencia como Young Leader en el Congreso Anual de IFAJ me permitió conocer parte de la producción croata, compartir días con colegas de todo el mundo y descubrir una comunidad de colegas de la cual hoy me siento parte.
Por Juan Ignacio Alaise
“Empiezo por el final, terminaré en el precio”, dice la canción. La noche anterior a despedirnos, entre los Young Leaders apareció una pregunta que hasta ese momento habíamos logrado esquivar: ¿cuándo nos íbamos a volver a ver? Nos conocíamos desde hacía apenas unos días, pero habíamos compartido tanto que la sensación era otra. Desde temprano hasta la última conversación de la noche, todo había sido intercambio. Pensar que al día siguiente cada uno seguiría su camino resultaba extraño.
Esa escena resume buena parte de lo que me dejó Croacia. Fui a participar del Congreso Anual de la Federación Internacional de Periodistas Agropecuarios, IFAJ, y volví con nuevos amigos, aprendizajes y una certeza: hay colegas en distintas partes del mundo con los que compartimos desafíos muy similares a pesar de trabajar en países al otro lado del océano.
El viaje había empezado bastante antes de subir al avión. En 2025 recibí el Premio Revelación de CAPA, un reconocimiento que significó un gran impulso para mi carrera y un mimo al trabajo que vengo haciendo en Horizonte A. Cuando, a principios de 2026, llegó la noticia de que había sido seleccionado como Young Leader, se mezclaron la alegría, el orgullo y las ganas de descubrir lo que venía.
Crecer dentro de este ámbito en tan poco tiempo me hizo sentir que venía por el camino correcto. Había elegido un sector que me recibió con los brazos abiertos y que ahora me daba la posibilidad de conocer cómo trabajan quienes cuentan las historias del campo en otros lugares del mundo.
Llegar, escuchar, conocernos
Mi primera parada fue Zagreb. Llegué sin saber del todo qué esperar, pero dispuesto a disfrutar y aprender. Allí nos encontramos con el equipo de IFAJ y con los demás Young Leaders para compartir el bootcamp, los días de formación e intercambio previos al congreso.
Mis compañeros venían de Estados Unidos, Países Bajos, Irlanda, Canadá, Alemania y Suecia. Teníamos recorridos distintos: algunos estaban más vinculados con la organización de eventos; otros, con la industria láctea o con instituciones públicas. Cada uno aportaba su manera de trabajar y de mirar el sector agropecuario.
Las actividades, los juegos y las conversaciones nos dieron algo muy valioso: tiempo para conocernos. Recuerdo especialmente una dinámica en la que debíamos contar qué nos gustaba de nuestro trabajo. Respondíamos de manera individual, pero cualquiera de esas respuestas podría haber representado al grupo. Escuchar, conocer y contar historias aparecía una y otra vez.




También pude compartir esos días con mi compatriota Adalberto Rossy, vicepresidente de IFAJ. En el congreso estuvo presente, además, Nanette Giovanelli, presidenta de CAPA. Compartir esta experiencia con ellos fue una parte muy linda del viaje.
Desde el primer día me llamó la atención la dedicación de quienes forman parte de IFAJ. Me preguntaba de dónde salían tantas ganas de organizar, acompañar y hacer que todos nos sintiéramos cómodos. La respuesta la fui entendiendo a medida que avanzó el viaje.
El agro croata, de cerca
Desde Zagreb viajamos a Osijek, donde se desarrolló el congreso, con sede en la Facultad de Agrobiotecnología, FAZOS. Nos alojamos en el campus universitario y compartimos un encuentro que reunió a más de 170 periodistas agropecuarios de distintas partes del mundo, con más de 20 disertantes y recorridas que, entre los diferentes grupos, abarcaron más de 60 establecimientos.
Las charlas en la facultad y los intercambios con autoridades croatas nos permitieron acercarnos al contexto productivo del país. El 72 % del territorio está considerado rural y allí vive el 48 % de la población. Casi el 70 % de las explotaciones agrícolas tiene menos de cinco hectáreas, y la superficie promedio por establecimiento es de 10,12 hectáreas, frente a las 18,29 de la Unión Europea.
Las explotaciones de más de 100 hectáreas representan apenas el 1 % del total, pero concentran el 29,3 % de la superficie agrícola utilizada.
Estos datos me ayudaron a dimensionar una estructura productiva con una fuerte presencia de pequeños establecimientos. Las visitas nos dieron la posibilidad de ponerles caras, paisajes e historias a esos números.
En Osatina me sorprendió conocer un modelo que integra la producción en el campo con el procesamiento, el envasado y la distribución de los alimentos. Allí, la economía circular se vuelve concreta: el estiércol del ganado se utiliza para generar biogás, y el calor producido permite calefaccionar los invernaderos donde cultivan frutas y hortalizas. Ver cómo se conectaban las distintas actividades fue uno de los grandes aprendizajes de la visita.
También tuve la oportunidad de conversar con quien estaba al frente de la empresa y reconocer algo que tantas veces encuentro entre los productores argentinos: la pasión por producir alimentos y la responsabilidad que sienten al hacerlo.
Cambian el idioma, las distancias y los mercados. Pero esa manera de hablar del propio trabajo me resultó muy familiar.
Otra visita que me quedó grabada fue a una fábrica de jamón crudo. Había mucha tecnología, procesos automatizados y personas dedicadas a supervisar que todo funcionara correctamente. Sin embargo, el control final de calidad conservaba un procedimiento que me sorprendió: una persona introducía un instrumento hecho con hueso de caballo en el jamón y evaluaba su aroma para determinar si estaba en condiciones de salir a la venta. En ese último paso, la experiencia y el olfato seguían siendo decisivos.


También recorrimos establecimientos ganaderos y un bosque de robles destinados a distintos usos en la construcción. Allí aprendí sobre la competencia entre los árboles por la luz del sol y sobre el trabajo que requiere acompañar su desarrollo. Pero lo que más recuerdo es la pasión de la persona que nos recibió. Se veía en sus ojos y en la paciencia con la que explicaba cada proceso.
Nos contó lo significativo que era para ellos recibir a tantos periodistas de distintos países, poder mostrar su trabajo y responder preguntas sobre sus suelos, su producción y sus destinos comerciales.
Escucharlo me hizo sentir, de una manera muy concreta, que lo que hacemos importa. Del otro lado hay personas que valoran que alguien se acerque, pregunte y quiera contar su historia.
Aprender también es probar
Hubo lugar, además, para conocer una producción de avellanas y descubrir distintas formas de agregarles valor: venderlas como fruto, ofrecerlas saladas o transformarlas en licor. Ahí nos recomendaron combinar las avellanas saladas con uvas. Lo probé y puedo decir que fue un buen consejo.
Entre recorridas y degustaciones también hubo tiempo para aprender a brindar en croata. Son pequeños detalles que se quedan con uno y que, después, ayudan a recordar a las personas y los lugares.
Visitamos viñedos y probamos vinos que ampliaron mi mirada sobre la producción del país. Y en un establecimiento de manzanas me sorprendieron tanto la presentación de la fruta como su sabor. Nos regalaron algunas para el camino y las cuidé durante todo el recorrido. Creo que ese día rompí mi récord personal: comí cuatro o cinco manzanas. Nunca había comido tantas en un mismo día.
En todas las visitas encontré una hospitalidad que merece ser destacada. Nos esperaban, nos dedicaban tiempo y nos explicaban con paciencia cómo trabajaban. Esa disposición hizo que cada recorrida fuera también una oportunidad de encuentro.
Lo único que nos separa es la distancia
Mientras conocíamos la producción croata, también nos conocíamos entre nosotros. El inglés fue una herramienta fundamental para conversar, hacer preguntas y acercarnos a realidades diferentes. Una vez que empezábamos a hablar, aparecían muchos puntos en común.
Me pasó con los Young Leaders y con colegas de distintas generaciones. Compartíamos la curiosidad por entender lo que ocurre alrededor del campo y la responsabilidad de encontrar la mejor manera de contarlo. Escuchar cómo otros encaran una entrevista, organizan su trabajo o abordan una historia fue una forma de aprender durante todo el congreso.
Los días fueron intensos. Nos encontrábamos a la mañana y seguíamos conversando hasta la noche. Por eso, cuando llegó la despedida, costaba creer que hubiera pasado tan poco tiempo desde las primeras presentaciones. Habíamos construido una cercanía que hacía difícil decir adiós sin saber cuándo volveríamos a coincidir.
Fue entonces cuando terminé de entender aquella pregunta que me había hecho al llegar a Zagreb. La motivación de quienes sostienen IFAJ tenía que ver con eso que yo también estaba empezando a sentir: pertenencia.
Encontré una comunidad dispuesta a compartir ideas, pensar los desafíos de nuestra profesión y ayudarse a enfrentarlos. Algunos se conocían desde hacía años. Otros, como yo, llegábamos por primera vez. Desde el comienzo hubo un lugar para nosotros.
Si tuviera que elegir una imagen para contar lo que me llevo, sería la de una mesa de domingo en familia. Una mesa a la que llegué sin conocer a muchos de los que estaban sentados y de la que me fui sintiendo que también formaba parte.
Me llevo contactos para futuros proyectos, otras miradas sobre el periodismo agropecuario y amigos con quienes quiero seguir compartiendo el camino. Sobre todo, me llevo la alegría de saber que, cuando alguno publique una nueva historia, habrá colegas del otro lado del mundo contentos de verla. A mí ya me pasa con sus trabajos.
Ahora sé por qué tenían tantas ganas de que estuviéramos ahí.





























