Áreas protegidas de Argentina, un compendio de tesoros naturales

Por: Nuala Szler – Casi cada metro de nuestro país es un invaluable tesoro natural. Quienes han tenido el privilegio de recorrerlo no dudan en afirmarlo, como tampoco dudan en señalar que no hay nada que envidiar a otros puntos del planeta y sus famosos paisajes. De hecho, casi no hay región de Argentina que […]
marzo 7, 2023

Por: Nuala Szler –

Casi cada metro de nuestro país es un invaluable tesoro natural. Quienes han tenido el privilegio de recorrerlo no dudan en afirmarlo, como tampoco dudan en señalar que no hay nada que envidiar a otros puntos del planeta y sus famosos paisajes.

De hecho, casi no hay región de Argentina que no cuente con áreas protegidas, esto es, partes del territorio que, por su riqueza natural y la importancia de sus ecosistemas, se encuentran sujetas a políticas específicas, que regulan y restringen las actividades humanas en pos de su cuidado y conservación.

Las áreas protegidas son, tal como su nombre lo indica, aquellas extensiones de nuestro país que reciben una protección adicional, bajo las condiciones estipuladas por el Sistema Nacional de Áreas Protegidas. Actualmente, dicho sistema distingue seis categorías diferentes de conservación: Parque Nacional, Monumento Natural, Reserva Nacional, Reserva Natural Estricta, Reserva Natural Silvestre y Reserva Natural Educativa. Además, cerca de 130 mil km² de superficie forman parte de los Parques Interjurisdiccionales Marinos y las Áreas Marinas Protegidas, destinadas a la conservación de la biodiversidad en las profundidades del mar Argentino.

¿Dónde se encuentran las principales áreas protegidas de nuestro país?

Estos especiales escenarios naturales se distribuyen por toda Argentina, pero podemos identificar cinco grandes regiones de áreas protegidas, cada una de ellas con sus propias características ecosistémicas. Tanto extensiones marinas, como parques, reservas y monumentos naturales se incluyen al interior de estas regiones.

Tan solo la región del noroeste de nuestro país cuenta con diez áreas naturales protegidas, las que se extienden por más de 360 mil hectáreas y se hallan distribuidas en cinco provincias: Salta, Jujuy, Tucumán, Santiago del Estero y Formosa. Aquí se incluyen los parques nacionales Baritú, Calilegua, El Rey, Los Cardones, Aconquija y Copo, las reservas nacionales El Nogalar de Los Toldos y Pizarro, la Reserva Natural Formosa y el Monumento Nacional Laguna de los Pozuelos. Parte de su fauna autóctona está conformada por especies como el puma, el gato montés, el águila poma, el zorro del monte, la taruca y la charata. Mientras que la flora característica está integrada, entre muchas otras especies, por quebrachos, cardones, caña de azúcar, algarrobos y alisos.

La región noreste, por su parte, abarca cerca de 500 mil hectáreas distribuidas en cuatro provincias, Chaco, Misiones, Corrientes y Formosa, y está integrada por ocho áreas protegidas. Aquí se incluyen los parques nacionales Chaco, El Impenetrable, Iguazú, Iberá, Mburucuyá y Río Pilcomayo, la Reserva Natural Educativa Colonia Benítez y la Reserva Natural Estricta San Antonio. De su flora autóctona destacan el lapacho, el quebracho blanco y el quebracho colorado. Su fauna típica está encabezada por especies como el carpincho, el tapir y el yaguareté.

Luego, once áreas protegidas conforman la región centro de Argentina. Integrada, esta última, por más de 700 mil hectáreas de riqueza natural que atraviesa siete provincias: San Juan, Córdoba, San Luis, La Rioja, Buenos Aires, Entre Ríos y Santa Fe. La región centro se halla integrada por numerosos parques nacionales, llamados El Leoncito, Traslasierra, Quebrada del Condorito, San Guillermo, Sierra de las Quijadas, Talampaya, Campos del Tuyú, El Palmar, Islas de Santa Fe, Pre-Delta y Ciervo de los Pantanos.

La flora y fauna autóctona de esta enorme región es muy variada. Podemos encontrar árboles como el retamo, la jarilla, el algarrobo y también el quebracho. Además, en zonas lindantes con espejos de agua es propio el crecimiento del sauce criollo. La fauna terrestre incluye al guanaco, la vizcacha, la mara, la iguana overa, el zorro colorado, ñandúes, pumas y aves, como el águila coronada, el cardenal amarillo y el cóndor. Mientras que en sus ríos, arroyos y lagunas habitan patos, garzas, chajás, flamencos, carpinchos y una variedad de peces, como el pejerrey, el sábalo, bogas, bagres y tarariras, además de gran cantidad de especies anfibias.

En la patagonia argentina se distinguen dos amplias regiones, la región patagonia norte y la región patagonia austral. La primera está integrada por ocho áreas protegidas que conforman más de 1 millón y medio de hectáreas, distribuidas en parte de las provincias de Chubut, Neuquén, La Pampa y Río Negro. Aquí se incluyen los parques nacionales más visitados de Argentina, como Lago Puelo, Laguna Blanca, Lanín, Lihué Calel, Los Arrayanes, Los Alerces y Nahuel Huapi.

Parte de la fauna terrestre característica está compuesta por especies como el huillín, el huemul, el puma, el guanaco, el zorro gris chico y aves como el cóndor, mientras que dentro la fauna marina podemos encontrarnos con el pingüino de Magallanes, la gaviota, la ballena franca austral y el lobo marino. La flora autóctona de esta región está integrada, fundamentalmente, por el coihue, la lenga, el cipreś y el ñire.

La segunda región patagónica, la región patagonia austral, está integrada por otras nueve áreas protegidas, distribuidas en las provincias de Santa Cruz y Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur con alrededor de un millón y medio de hectáreas. En esta especial región podemos encontrar los parques nacionales Bosques Petrificados de Jaramillo, Los Glaciares, Monte León, Patagonia, Perito Moreno y Tierra del Fuego, así como, también, la Reserva Natural Silvestre Isla de los Estados. La fauna marítima es uno de los principales atractivos de la región, integrada también por especies como el pingüino, la ballena franca austral y el lobo marino de un pelo. Dentro de la flora autóctona, por su parte, se distinguen el pehuén o araucaria, el cipreś, el ñire y, ya en las zonas marítimas, diversas especies de algas.

Por último, también al interior de estas dos regiones patagónicas, Argentina cuenta con tres Parques Interjurisdiccionales Marinos: Isla Pingüino y Makenke, en Santa Cruz, y el Parque Interjurisdiccional Marino Costero Patagonia Austral, en Chubut. A estos se suma el Sistema Nacional de Áreas Marinas Protegidas, que abarca a las reservas Namuncurá – Banco Burdwood II y Yaganes. La estepa es el paisaje característico, con arbustos y pastizales autóctonos. La fauna típica, por su parte, está integrada por aves como los cormoranes y las gaviotas, pingüinos de magallanes, lobos marinos de uno y dos pelos, toninas overas, delfines oscuros y australes, orcas y ballenas.

La importancia de las áreas protegidas

El principal objetivo de delimitar áreas protegidas bajo políticas de conservación específicas es garantizar a largo plazo la preservación de la diversidad biológica y cultural de estas regiones. Los procesos ecosistémicos que allí tienen lugar, como los bienes y servicios asociados a estas áreas, son de enorme importancia para la población argentina y la vida en general.

Parte del significativo valor de las áreas protegidas reside, por ejemplo, en su función clave como reguladores del clima y para el control biológico de enfermedades y plagas. Nos proveen, además, de innumerables materias primas, recursos y alimentos, sin mencionar el rol de las cuencas hidrográficas y los suelos. De hecho, las áreas protegidas son también sedes privilegiadas para el desarrollo de la investigación científica, la educación y la capacitación ambiental.

En cada uno de estos espacios se desarrolla gran variedad de actividades turísticas, junto a actividades recreativas sustentables, que contribuyen al crecimiento económico local y regional, así como al desarrollo social y la construcción de nuestra identidad. Incontables valores culturales, emocionales y espirituales, como un sin fin de experiencias colectivas y personales, se enlazan entre la naturaleza y el ser humano.

Nuestro país es un verdadero compendio de tesoros naturales, con 533 áreas protegidas registradas por el Sistema Federal de Áreas Protegidas (SiFAP). Las áreas protegidas continentales, que incluyen también áreas costero-marinas, abarcan una superficie de 40.185.345 hectáreas, ¡representando el 14,45 % de nuestro territorio continental!

¿Cómo podemos disfrutarlas y, al mismo tiempo, impulsar su conservación?

Visitar los diferentes parques y reservas nacionales es una experiencia única para turistas locales como del resto del mundo. Podemos recorrer sus senderos y miradores, ser testigos de las vistas naturales más impactantes, adentrarnos en travesías náuticas y participar de especiales avistajes de fauna y flora autóctona. Sin embargo, debemos ser visitantes verdaderamente responsables. El recorrido por las áreas protegidas está sujeto a sistemas de señalética, procesos de mantenimiento y de registro, así como, también, a estándares de seguridad internacionales que es necesario conocer y respetar.

Por esto mismo, si vamos a visitar una de ellas, es importante acceder primero al centro de visitantes e informarnos sobre esa área, sus características específicas, cuidados y recomendaciones de seguridad. Durante el recorrido, es fundamental respetar los lugares habilitados para las diferentes actividades y las medidas de preservación, de modo de no generar alteraciones en los ecosistemas.

En muchas ocasiones, también es importante seguir una serie de indicaciones. Calzado blando, caminar por los senderos señalizados y mantener bajos niveles de ruido, por ejemplo, son las reglas de oro para visitar ciertas áreas protegidas, de forma de no afectar a la fauna autóctona ni a las condiciones biológicas de cada uno de estos espacios.

Extensiones específicas de las áreas protegidas, asimismo, están inhabilitadas para el acampe, otras actividades humanas que pueden resultar agresivas, como el encendido de fuego, y el ingreso con mascotas, ya que esto último puede influir en el comportamiento de la propia fauna del lugar. Se trata, en efecto, de especies exóticas para esas áreas protegidas y su presencia puede alterar el ambiente e impactar directa como indirectamente en la fauna y flora local.

Por supuesto, bajo ninguna circunstancia podemos dañar los ambientes nativos, como cortar ejemplares de flora y llevarnos con nosotros parte de esas especies locales. Durante las visitas, además, es necesario mantener una distancia prudencial frente a los animales, observarlos sin alterar su hábitat, salud o comportamientos naturales.

Contribuir con las políticas de conservación de las áreas protegidas es indispensable para asegurar su preservación en el tiempo. Ello implica respetar los procesos ecológicos, sin que nuestras actividades modifiquen o impidan su desarrollo natural.

En efecto, muchos de estos ecosistemas o especies locales no podrían sobrevivir sin medidas estrictas de protección. Los mismos ecosistemas, de hecho, no están libres de cambios o perturbaciones por causas naturales, como incendios, inundaciones, sequías u otros eventos geológicos y climáticos.

Nuestra acción, por lo tanto, puede no sólo interrumpir situaciones de equilibrio sino también profundizar la propia perturbación ecosistémica.

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