Por: Emiliano HuergoGeneral Manager Bioeconomía

El trigo es el cultivo más extendido en el planeta y el segundo en volumen detrás del maíz. Se produce en los cinco continentes y es el primer eslabón de una extensa cadena agroindustrial que llega a conformar una amplia gama de productos de altísimo valor. El trigo nos da el pan del desayuno en cada mañana pero también la leche con la que cortamos el café. La manteca, las tostadas y las medialunas también contienen trigo.

Pero más allá de estos alimentos tradicionales, el trigo es un insumo fundamental en la nueva ola de productos que demandan las sociedades modernas.

En el enfoque de la bioeconomía, que se entiende como la producción sustentable de biomasa y su transformación en alimentos, energía, materiales y otros productos o bienes para todos los sectores de la economía, encontramos al trigo como uno de los actores centrales de este nuevo paradigma.

Un poco de historia

Los antecedentes del trigo en América del Sur nos remontan a la colonización del Río de la Plata. La historia cuenta que fue Sebastián Gaboto quien lo introdujo en la región cuando fundó el Fuerte Sancti Spiritu en 1527, primer asentamiento en tierra firme americana, nueve años antes de la primera fundación de Buenos Aires. Dice la leyenda que le entregó 50 granos a uno de sus marineros, Sebastián de Reyna, para que los sembrara y cuidara. Lo hizo con tanto celo que se ganó el apodo de “El Espantapájaros”. Logró cosechar miles de granos, repitiendo la siembra al año siguiente.

El Fuerte Sancti Spiritu no prosperó pero la colonización de las pampas encontró otros caminos. Recién en 1870 se alcanzaría el autoabastecimiento triguero. A medida que los inmigrantes se fueron instalando en las colonias de las provincias de Santa Fe, Córdoba, Buenos Aires, La Pampa y Entre Ríos, la agricultura, con el trigo como su principal cultivo, comenzó el formidable proceso de expansión territorial y productivo que llevó al país a convertirse en el “Granero del Mundo”.

El despegue de la agricultura fue acompañado por el desarrollo de una serie de industrias procesadoras, entre las cuales se destacó la fabricación de harinas de trigo. Para 1880 el país se autoabastecía de harina y comenzaba a ganar terreno en el mercado brasilero. Para comienzos del siglo XX, la joven industria harinera había alcanzado los niveles de desarrollo de dos industrias legendarias para la época. La azucarera y la vitivinícola.  

La industria molinera está íntimamente relacionada al desarrollo de los pueblos del interior. Hoy, con presencia en 12 provincias, la molinería es quizás la actividad agroindustrial más federal. La mitad de los casi 170 molinos de trigo que están operando en la actualidad superan los 100 años de existencia. Todos están en manos de capitales nacionales y el 95% de ellos son pymes.

Molienda

En cuanto a cuestiones productivas, una de las características sobresalientes de esta industria es que no genera residuos. El grano se aprovecha en su totalidad. Prácticamente todos los molinos separan la harina en diferentes calidades, de forma de lograr el mayor agregado de valor. Así, para una configuración tradicional de un molino, a partir de una tonelada de trigo se obtienen 600 kg de harina 000, 150 kg de harina 0000 y semolín, y 250 kg de afrechillo. A la vez, para cada tipo de harina los molinos elaboran una gran cantidad de variedades, más de 20 en total, que abastecen a los exigentes mercados alimenticios.

La harina convertida en alimentos tiene un enorme valor agregado. Según la Federación Argentina de la Industria Molinera, una tonelada de harina convertida en productos panificados hace que su valor se multiplique por 7,5, mientras que en pastas la cifra asciende a 8 y en galletitas su valor se multiplica por 10.

Es común que los molinos cuenten con su propia planta de alimentos para nutrición animal convirtiendo el afrechillo en productos de mayor valor, con soluciones específicas para cada actividad ganadera en sus diferentes etapas. Incluso, estas empresas ofrecen la posibilidad de producir alimentos formulados por los mismos productores. Algunas de estas empresas han dado un paso más y han incluido líneas de productos extrusados para llegar a los mercados de mascotas o a industrias de altísimo valor agregado como la acuicultura.

Otro producto muy interesante de la molienda de trigo es la producción de gluten en polvo que realiza el molino Juan Semino. A través de un proceso libre de químicos y bajo ciertas condiciones de humedad, se separa la proteína insoluble del almidón. Luego el producto se seca cuidadosamente para preservar todas sus propiedades naturales, logrando una concentración proteica superior al 75%. La planta de Carcarañá, Santa Fe, es la única en Sudamérica que elabora este producto.

Turtle Straws, una empresa de producción de sorbetes biodegradables

Recientemente se conocieron otras iniciativas novedosas que amplían los usos del trigo en los mercados alimenticios. El gigante agroindustrial estadounidense Cargill está adecuando su planta de producción de almidón y endulzantes de Krefeld, Alemania, para cambiar la materia prima de maíz a trigo. El proyecto que demandará una inversión de U$S 200 millones estará operativo antes que finalice el próximo año. Por otro lado, la compañía de alimentos saludables y sustentables, Beneo, puso en marcha una planta de texturizados de trigo en Wanze (Bélgica) para atender la demanda creciente de alimentos veganos. En Estados Unidos, Arcadia Biosciences, una Startup californiana especializada en biotecnología lanzó GoodWheat, una línea de harina de trigo con un 66% menos de contenido de gluten que la harina común. Los 500 paquetes de 900 gramos que se pusieron a la venta de forma online, a un precio de U$S 12, se agotaron en pocos minutos. El lanzamiento a gran escala está previsto para la segunda mitad de este año.

Desde el jardín…

Para que el trigo llegue a los alimentos, antes hay que producirlo, y esta etapa también forma parte de la bioeconomía. La definición de este nuevo enfoque hace referencia a la sustentabilidad. Y justamente sustentabilidad es lo que le aporta el trigo a la agricultura argentina. Más del 60% de la producción nacional se realiza bajo doble cultivo, colaborando en los sistemas de rotación de cultivos y aportando cobertura al suelo para mitigar la erosión y ahora combatir la problemática de malezas resistentes.

Pero en realidad, es mucho más que un cultivo de servicio. Desde la introducción del germoplasma francés, hace 20 años, el potencial de rinde dio un salto fenomenal. En el sudeste de la provincia de Buenos Aires los rendimientos tope en los últimos años se vienen consolidando por encima de los 100 quintales, mientras que en la zona núcleo hay productores que están logrando de forma sostenida rendimientos entre 70 y 80 quintales. Y en las últimas campañas se pudo comprobar que, con buena fertilización, el rendimiento no compromete el contenido de proteína o gluten. Y a la espera de las aprobaciones regulatorias de Brasil, EE.UU., y otros mercados importantes está en las gateras el trigo tolerante a estrés hídrico y suelos salinos. Una tecnología que promete dar otro salto productivo.

Aunque no es muy común en nuestro país, aproximadamente el 20% del trigo que se produce en el mundo es utilizado como grano forrajero. El picado y ensilaje de la planta en verde no ha sido adoptado de forma masiva, aunque estudios nutricionales indican buenas propiedades para la producción de leche. Sin embargo, en Australia está creciendo el “Headlage”, un forraje que consiste en el ensilaje de la espiga completa cuando el grano se encuentra en estado lechoso. El rendimiento en materia seca es el doble que el grano seco, pero su costo se reduce a la tercera parte.

En ese país, el trigo se suele cosechar cortándolo más abajo de lo normal, de manera de poder recoger también las semillas de malezas. Un equipo anexado a la cosechadora recolecta lo que sale por su cola, que se destina a la alimentación ganadera. De esta forma se logra el doble beneficio de valorizar los residuos de cosecha en forma de carne y un ahorro económico en el control químico de malezas.

Este enfoque de la economía circular, el de la revalorización de residuos, que está íntimamente ligado a la bioeconomía, está llevando a que los rastrojos de trigo estén cobrando cada vez más valor. Por ejemplo, como camas vacunas en tambos estabulados. Una práctica que crece ya que ofrece gran confort a las vacas y la posibilidad de mezclarse con el estiércol y potenciar la producción de biogás.

Otra novedosa aplicación es en la construcción en seco. La producción de cemento es una de las industrias con mayores emisiones de gases de efecto invernadero. Encontrar materiales alternativos sostenibles es uno de los desafíos que tiene el sector. Entre las numerosas alternativas aparece como muy promisoria la tecnología desarrollada por Ekopanely. Se trata de unas placas de cartón que en su interior contiene paja de trigo prensada. Cuenta con excelentes propiedades de aislación térmica y una muy baja huella ambiental. Con tan solo 6 centímetros de espesor se logra el mismo aislamiento térmico y acústico que con una pared de ladrillo de 45 centímetros. Además, son reciclables e ignífugas.

El trigo puede aportar también a la reducción de plásticos, un flagelo para los océanos. Alex Cruce, un granjero inglés preocupado por este tema tuvo una ocurrente idea. Mientras limpiaba el establo de los caballos de su madre imaginó que con la paja de trigo podría hacer sorbetes que no pongan en riesgo la fauna marina. Pocos meses después fundó Turtle Straws, una empresa de producción de sorbetes biodegradables. La joven compañía hoy llega a clientes en más de 35 países y recientemente alcanzó el hito de dos millones de unidades vendidas.

Un tanto morboso, pero no menos interesante, es la apuesta de OrganoClick, una firma sueca que desarrolló un material biodegradable impreso en 3D a partir de fibras de trigo. La resistencia del biocompuesto despertó el interés de Fredahl Rydéns, el mayor proveedor de productos funerarios en los países nórdicos. La compañía utiliza el desarrollo de OrganoClick para fabricar SAGA, un ataúd biodegradable, de baja huella ambiental y cuyo peso es la mitad que un ataúd convencional. El material es también utilizado para la construcción de muebles, objetos para diseño de interiores y embalajes especiales.

OrganoClick, una firma sueca que desarrolló un material biodegradable impreso en 3D a partir de fibras de trigo

Otro de los destinos más importantes que tiene el grano de trigo, sobre todo en Europa, es la producción de etanol combustible. Hace una década, la UE estableció una hoja de ruta para el transporte sustentable donde iba incorporando el biocombustible en las naftas en proporciones crecientes. Sin embargo, de buenas a primeras, la Comisión Europea decidió congelar el corte, generando una importante capacidad ociosa en la industria. De la producción de bioetanol se obtiene burlanda como alimento para el ganado, pero también se captura el dióxido de carbono que luego se destina a la gasificación de bebidas, entre ellas la cerveza. Mientras se desarrollaba el último mundial de fútbol, sucedió un hecho inédito. Como los stocks del biocombustible eran suficientes para cumplir las obligaciones de entrega por varios meses, las refinerías de bioetanol estaban cerradas y por lo tanto no había producción de dióxido de carbono.

En cada partido de su selección, la demanda en los pubs ingleses llegaba a 40 millones de pintas de cervezas. El día del encuentro contra Colombia, cadenas de pubs como JD Wetherspoon -con más de 1000 locales- reportaron faltante de cervezas John Smith’s y Strongbow, elaboradas por Heineken, que ante la falta de CO2 tuvo que cerrar sus plantas. Tan solo un dato de color para mostrar cómo funciona este nuevo mundo de la bioeconomía, donde todo se relaciona con todo. Y donde el trigo juega en primera.

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