El tratamiento de la basura en el mundo, ¿hacia dónde va todo lo que desperdiciamos?

¿Alguna vez te preguntaste hacia dónde va todo lo que desperdiciamos? El tratamiento de los residuos no es un tema del que se hable a diario, excepto, afortunadamente, la interpelación al reciclado, que cada día es mayor y más insistente. Por: Nuala Szler – Noticias sobre inundaciones, océanos contaminados, enfermedades, incendios, junto con las significativas […]
noviembre 2, 2022

¿Alguna vez te preguntaste hacia dónde va todo lo que desperdiciamos? El tratamiento de los residuos no es un tema del que se hable a diario, excepto, afortunadamente, la interpelación al reciclado, que cada día es mayor y más insistente.

Por: Nuala Szler

Noticias sobre inundaciones, océanos contaminados, enfermedades, incendios, junto con las significativas pérdidas de flora y fauna que estas catástrofes acarrean, resuenan en nuestros oídos, las vemos ante nuestros ojos. Y, aunque nos desesperan por un momento y reconocemos que debemos hacer, por lo menos, algún que otro pequeño cambio, una vez más, ganan las presiones y responsabilidades cotidianas.

Ahora bien, ¿podemos hacer algo más? Comencemos, por informarnos mejor. El conocimiento, en definitiva, es el primer paso para la acción…

¿Qué pasa con las millones de toneladas de basura que arrojamos?

Formas conscientes y sustentables de generación, recolección y tratamiento de los residuos son el punto de partida para la disminución y lucha contra la contaminación que estos generan. La rápida urbanización, el crecimiento demográfico y el desarrollo de las actividades económicas son las crónicas anunciadas de un futuro donde, si no generamos un cambio, convivir con la basura podría ser la nueva normalidad.

De acuerdo con las últimas conclusiones de “What a waste 2.0”, un exhaustivo informe realizado por el Banco Mundial, se estima que en los próximos 30 años la cantidad total de desechos a nivel mundial aumente alrededor de un 70%. Y, sabemos, estos no solo tienen por destino grandes vertederos más o menos alejados de nosotros, sus impactos sobre el planeta podrían ser, mucho antes de lo que imaginamos, devastadores.

¿Es necesario que, una vez más, nos digamos unos a otros que el tiempo es hoy?

En el mundo generamos alrededor de unas 2.010 millones de toneladas, solo, de desechos sólidos municipales.

“En Latinoamérica y el Caribe, ¡cada habitante genera casi 1 kg de basura por día! Esto equivale a alrededor de unos 231 millones de toneladas de desechos anuales, de los cuales más de la mitad son alimentos”

Solo un tercio de estos residuos son materiales limpios, secos y, por lo tanto, reciclables, como papeles, vidrios, cartones y plásticos. Por otro lado, se estima que apenas un 15% de la basura generada sea orgánica, como desechos húmedos y verdes. Los números hablan por sí mismos, no es intrascendente desechar algo así sin más, haciendo a un lado la posibilidad de separarlo para su posterior tratamiento.

Las formas de recolección y procesamiento de la basura y los desechos de diverso tipo ha sido, en el último tiempo, una preocupación real para muchos países de Latinoamérica. Se han tomado medidas significativas en pos de la gestión sustentable de los residuos y el reciclaje.

La recolección puerta a puerta, la separación entre reciclables y no reciclables, el trabajo diario de recolectores urbanos, la disminución del uso de bolsas de nylon y su reemplazo por alternativas de tela o de materiales biodegradables, así como, también, grandes campañas por la reducción del consumo de plásticos de un solo uso, son acciones que hoy, favorablemente, se han reforzado en muchas ciudades.

Desde muchos otros ámbitos, asimismo, se convoca y apuesta por pequeños pero necesarios cambios. En las escuelas y universidades, en corporaciones, empresas y en gran cantidad de comercios se han puesto en marcha campañas de concientización para aportar, desde su lugar y posibilidades, una contribución a tan noble e impostergable causa.

Las iniciativas de reciclaje y compostaje están activas. En ciudades como Montevideo, Bogotá y Medellín se recicla más del 15% de los residuos. En Ciudad de México y en Rosario, Argentina, más del 10 % de los residuos son destinados a procesos de compostaje. También, en muchos puntos del continente se han unido esfuerzos por obtener y recuperar energía a partir de la recolección de gases en vertederos.

Invertir tiempo, esfuerzos y medios en la gestión sostenible de la basura tiene, de hecho, significativas ventajas económicas si lo pensamos en términos de largo plazo. De poner hoy en funcionamiento sistemas sencillos y adecuados para la gestión de los desechos, el futuro no nos encontrará ante la necesidad de disponer de enormes montos de dinero para solventar políticas desesperadas de salud y recuperación del medio ambiente.

Pero mucho queda por hacer. La gestión de los desechos es un problema universal que atañe a todo habitante del planeta. Más del 90 % de los residuos sólidos todavía se vierten o queman a cielo abierto en los países de bajos ingresos, siendo la salud y las condiciones de vida de sus poblaciones las más afectadas.

“La cultura del descarte”

Por décadas hemos forjado una forma de consumo llamada por especialistas como “la cultura del descarte”. Hoy, las iniciativas tienen por foco enmendar la misma y comenzar a desarrollar formas de consumo más responsables.

“La cultura del descarte” es el término con el que se ha apodado la práctica naturalizada de utilizar algo y tirarlo inmediatamente, sin contemplar hacia dónde va a parar o cuales pueden ser los impactos generados.

Los plásticos de un solo uso nos están costando el futuro, por más que no podamos verlo a simple vista. Micro partículas de plástico están incorporadas en las frutas y verduras que consumimos, incluso en el agua mineral embotellada. Estas también son arrastradas hasta los ríos y océanos, donde repercuten en la fauna marina que, de hecho, luego son nuestro alimento.

Cuando tomamos agua o cerveza, endulzamos con miel y, aún más, cuando agregamos sal, estamos ingiriendo plástico. Se ha llegado a afirmar en debates y estudios al respecto, que cada uno de nosotros, en solo una semana, ingerimos el equivalente de micro partículas de plástico correspondientes a una tarjeta de débito o crédito. Esto implica que en el periodo de un año consumimos, como mínimo, cerca de 250 gramos de plástico.

“La necesidad de reemplazar lo descartable por alternativas biodegradables o de uso prolongado ya no es solo una opción. En los últimos 10 años, hemos producido mayor cantidad de plástico que el generado durante todo el primer siglo de producción”

¡Un estudio de las Naciones Unidas predice que para 2050 tendremos más plásticos que peces en los océanos! No solo los animales ingieren los plásticos que provienen de nuestros residuos, nosotros mismos los ingerimos, incluso, cuando respiramos. En el aire que nos rodea, de hecho, hay micro partículas en suspensión.

El problema no es menor, dado que cada vez estas partículas son más y más pequeñas y, por esto mismo, cada vez menos perceptibles. Además, ni siquiera tenemos noción real o completa de lo que implica para la salud de nuestro organismo la ingesta del plástico. Los estudios aún son muy recientes y las respuestas obtenidas, todavía, poco certeras.

A escala internacional, se viene generando un nivel de compromiso importante. Sin embargo, estas acciones aún están muy lejos de lo que sería necesario. En algunos países, como Alemania, la eliminación de elementos descartables ya es casi un hecho. En otros puntos del planeta, como Canadá, sistemas robustos de reciclaje y campañas de concientización se encuentran activas.

Sin embargo, en más ocasiones que las deseadas, este compromiso sólo es aparente.  Muchos de los materiales o elementos que se separan terminan siendo enviados y depositados hacia países más vulnerables, en situaciones precarias de desarrollo. Sobre todo, son las poblaciones asiáticas de los países con índices de pobreza más altos quienes sufren graves consecuencias. En efecto, muy poco de lo que llega es reciclado. La mayor parte de estos residuos termina en basurales o bien es prendido fuego, emanando gases y restos que impactan y dañan sobre el medioambiente y la salud de las personas.

Es una prioridad, señalan los expertos, evaluar soluciones efectivas que permitan reemplazar los elementos descartables por otras cosas con nuevos usos. Sabemos que ningún problema se resuelve pasándole la pelota al otro, ni siquiera si este se encuentra a un océano de distancia.

¿Cuáles son los pasos fundamentales a seguir?

El primer paso, definitivamente, es la visibilización de los debates, la generación de interés y las campañas de concientización. La educación de las sociedades en materia de consumo responsable y prácticas sustentables, resulta imprescindible si queremos empezar a caminar hacia soluciones reales y con efectos positivos que se prolonguen en el tiempo.

El primer y más grave problema es que ignoramos todo lo que, con estas formas de comportamiento, generamos a nuestros ecosistemas y a nosotros mismos. Tampoco estamos pudiendo advertir de forma clara las inminentes consecuencias o, de hecho, muchos de los impactos ya presentes.

“Es fundamental, señalan los especialistas y promotores de campañas verdes, que los medios de comunicación puedan crear y difundir mensajes responsables. No solo basta que se visibilicen estas realidades, también es necesario evaluar las formas en que estas nos son transmitidas”

Convocar a la educación y al cambio de hábitos, así como generar iniciativas y promover alternativas sustentables es responsabilidad de todos, independientemente del ámbito en que nos desenvolvemos y las personas con las que nos relacionamos a diario.

Y, ello a pequeña escala. En simultaneo, por supuesto, gran parte de la responsabilidad y acciones deben ser asimiladas por el sector productivo y el sector estatal. La implementación de regulaciones y políticas públicas son necesarias para generar cambios reales a gran escala. Un punto esencial reside en el diseño de estrategias productivas circulares, en lugar de lineales, que generan metodologías productivas más sustentables. El compromiso a nivel productivo es hoy prioritario, y este no puede ser efectivo si no es acompañado a nivel gubernamental.

Por otro lado, grandes pasos se han dado de la mano de las nuevas generaciones. Pero no podemos concebir esta problemática como una responsabilidad exclusiva de los más jóvenes. Transformar los modos en que vivimos y las formas en que consumimos es tarea de todos.

¿Qué puedo hacer?

Estamos ante una crisis no meramente climática sino ambiental, ante un proceso real de degradación que puede ser irreversible. Nuestro planeta se enfrenta a una triple emergencia medioambiental que involucra, de acuerdo con la ONU, tanto al cambio climático, como la contaminación y la pérdida extendida de la biodiversidad.

“En el mundo generamos alrededor de unas 2.010 millones de toneladas, solo, de desechos sólidos municipales”

Quienes se dedican al estudio de esta crisis ambiental a gran escala, tanto a nivel económico como socio-ecológico, señalan que al menos un 30% de la población de cualquier ciudad o lugar del mundo debe modificar sus hábitos de consumo, si lo que se busca es un cambio significativo y de real impacto.

Empezar por llevar una bolsa de tela, elegir botellas recargables en lugar de comprar una de plástico cada día, evitar en lo posible los plásticos de un solo uso, moderar el consumo de carne, separar los residuos reciclables, circular la ropa que ya no usamos, elegir productos de envases reciclables o retornables, entre muchas otras pequeñas acciones, pueden marcar la diferencia e impulsar olas de cambio.

Para combatir “la cultura del descarte” en nuestra vida cotidiana debemos reemplazar el “consumir y tirar” por el “reducir o reutilizar”. Comprender qué y cómo consumimos lo que consumimos es, en definitiva, la primera acción de este largo pero imperioso camino a seguir en tanto integrantes de una comunidad.

No tenemos mucho margen para seguir esperando o paralizarnos ante esta situación y sus consecuencias latentes. El tratamiento de los residuos y, particularmente, la gran problemática que implica la contaminación plástica, se enmarca en una crisis climática, ecológica y ambiental que atraviesa a todos los países del mundo. Tomar cartas en el asunto, con la seriedad que este amerita, es un compromiso que debe asumirse y para el cual ya no hay vuelta atrás. El único camino posible es el compromiso por cambios verdaderos y empáticos.

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