Por: Emiliano Huergo

La palabra “Bioeconomía” es un término relativamente nuevo. Aparece por primera vez en los registros de formulaciones políticas a principios de este siglo en EE.UU. Sin embargo, las ideas básicas que conceptualizan la bioeconomía se remontan a los años 70 del pasado siglo.

En aquel entonces, Occidente y Japón eran más dependientes que nunca del petróleo. En EE.UU. su consumo se había duplicado entre 1945 y 1974, habiendo agotado la mitad de sus reservas. Con apenas el 6% de la población mundial, los norteamericanos consumían un tercio de la energía generada en el planeta. Su economía pasaba a estar extremadamente dependiente de la importación de petróleo.

Bajo ese contexto, pensadores y economistas comenzaron a preguntarse si era posible un crecimiento económico infinito en un mundo con recursos limitados. Uno de ellos, Nicholas Georgescu-Roegen, introdujo los problemas ambientales asociados al crecimiento económico. “Durante el uso de materiales siempre hay una parte que se degrada y que es imposible de recuperar ni con los métodos más futuristas de reciclado”.  Este concepto es el eje central de su obra: “La ley de la entropía y el proceso económico” publicada en 1971. Aseguró que “no incluir las leyes de la biología y la termodinámica en la economía es un grave error”.

Roegen sostenía que “la economía debe ser una rama de la biología (…). Somos una de las especies biológicas de este planeta, y como tal estamos sometidos a todas las leyes que gobiernan la existencia de la vida terrestre”. Por esta obra, se lo conoce a Nicholas Georgescu-Roegen como el padre de la Bioeconomía. Fue quien por primera vez introdujo el concepto de las 3 R; reducir, reutilizar y reciclar.

El crecimiento económico basado en “la economía del petróleo” tuvo un alto costo en materia medioambiental. El fenómeno conocido como “calentamiento global” es consecuencia del aumento de la concentración de ciertos gases en la atmósfera que impiden la disipación de la energía radiante del sol que recibe la Tierra. Los dos principales gases responsables de este fenómeno son el dióxido de carbono (CO2) y el metano (CH4). El primero ocurre debido mayormente al uso de combustibles fósiles (petróleo y carbón) como fuente de energía y materia prima para elaborar bienes.

La bioeconomía y el cambio climático

El cambio climático pasó a ser el principal desafío en materia ambiental que enfrenta la humanidad. Importa a todos, ninguna población es ajena al problema y a sus consecuencias. En 2016, por primera vez en la historia, 18 de los últimos 20 años estuvieron entre los 20 más cálidos desde que se llevan a cabo mediciones (160 años). Las consecuencias ya se están manifestando con fenómenos climáticos extremos, como inundaciones o sequías inéditas.

En 1992, en la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, los países se comprometieron a realizar esfuerzos para reforzar la conciencia pública sobre los problemas vinculados al cambio climático. Luego de varias reuniones poco fructíferas, el 12 de diciembre de 2015, en París, 195 de los 197 países que pertenecen a las Naciones Unidas acordaron contener el aumento de la temperatura muy por debajo de los 2ºC respecto a la era preindustrial y proseguir los esfuerzos para limitar ese aumento de la temperatura a 1,5 °C.  

El “Acuerdo de París” fue un hecho histórico. No sólo por la cantidad de países involucrados, sino también porque por primera vez los compromisos asumidos por las naciones eran vinculantes. Esto quiere decir que de no cumplirse, se podría litigar contra ellos. “Gran paso en la Cumbre Climática COP21. Por primera vez hubo acuerdo global para proteger el clima y Argentina colaborará para lograrlo”, expresó aquel día el flamante presidente Macri en su cuenta de Twitter. Argentina se comprometía a reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero para 2030 en 18% sobre los valores de 2005 de forma incondicional, y 37% con ayudas financieras.

Los compromisos asumidos por los gobiernos en París instalan la necesidad de un nuevo enfoque productivo, tal como planteaba Roegen casi cinco décadas atrás. Salvo que, en este caso, no será porque los recursos minerales se están agotando.

Creatividad a la orden de la economía circular

Este nuevo modelo productivo parte de la fotosíntesis como proceso de captura de carbono para la obtención de biomasa y su transformación en insumos o productos sostenibles para toda la economía. Este nuevo enfoque, que se conoce como bioeconomía, requiere de la utilización intensiva de la creatividad y el conocimiento sobre los recursos, procesos, tecnologías y principios biológicos y del concepto de economía circular para valorizar los residuos y efluentes como materias primas o insumos para nuevos productos.

La bioeconomía no es considerada una rama de la economía, sino que debe entenderse como un nuevo paradigma de la ciencia económica. El nuevo enfoque bioeconómico presenta oportunidades de contribuir al desarrollo territorial y al fortalecimiento de las economías regionales, agregando valor en origen en el interior productivo con sus consecuentes beneficios en la generación de nuevos empleos de calidad favoreciendo el arraigo poblacional, fundamentalmente de la juventud.

La bioeconomía representa también una importante contribución al cumplimiento de planes ambientales y energéticos de los países. La utilización de la biomasa y sus derivados (biocombustibles) como fuente de energía limpia representa un gran aporte a la matriz energética, descentralizando la generación y mejorando la provisión energética en las economías regionales, que habitualmente tienen provisión limitada.

Las sociedades de occidente demandan cada día más productos con baja huella de carbono. Se estima que el mercado de los bioproductos está creciendo a una tasa global de 7,5% anual versus 2,5% de los productos tradicionales. Para capitalizar esta oportunidad se requiere de un flujo constante de provisión de materias primas e insumos proveniente de fuentes renovables. Algunos de estos productos pueden ser obtenidos a partir de la trasformación y el procesamiento de la biomasa o sus subproductos de otros procesos. El desarrollo de nuevas industrias en rubros como los biomateriales y “química renovable” permitirán proveer de estos productos a estos mercados representando una gran oportunidad para aumentar y diversificar la matriz exportadora.

Potencial argentino

El sector de biocombustibles argentino es el mejor ejemplo del potencial del enfoque bioeconómico. La consolidación de su industria agregó un eslabón más a la cadena agroindustrial y fue el disparador para el surgimiento de nuevas industrias o procesos para elaborar productos de origen biológico con alta demanda en otros sectores que necesitan reducir su huella ambiental. Estos nuevos procesos se retroalimentan con la producción de biocombustibles, instalando la transición de una economía lineal hacía una circular. Hoy las biorrefinerías producen una amplia gama de productos biológicos destinados a los más diversos usos.

Por ejemplo, el etanol derivado de maíz es el resultado de la fermentación del almidón que contiene el cereal, cuyo proceso entrega como coproductos la burlanda -un alimento ganadero de muy alta calidad- y dióxido de carbono renovable. Algunas destilerías capturan este gas y lo comercializan a industrias que necesitan reducir su huella de carbono, como las de bebidas. El estiércol de los establecimientos ganaderos que consumen la burlanda es procesado junto a efluentes de la planta de etanol para producir biogás y fertilizante, que a su vez proveen de energía a la biorrefinería y de nutrientes a los campos de maíz. Valor agregado y circularidad. Situaciones similares ocurren con el etanol de caña, el biodiesel, y otras industrias que iremos describiendo en sucesivos artículos en este mismo espacio.

Mirando el futuro

Las próximas décadas pondrán a la agricultura y este nuevo enfoque bioeconómico bajo mucha presión. El mundo se enfrenta a una explosión demográfica que llegará a 10 mil millones de personas en menos de 30 años. La demanda de alimentos, productos y energía crecerá exponencialmente, potenciada porque habrá más proporción de habitantes de clase media, con estándares de vida más altos que impulsarán aún más el consumo. El desafío será poder abastecerlos en medio de un marco de restricción de superficie cultivable, de aumento de emisiones de gases de efecto invernadero y de respeto por los ecosistemas.

Bajo este contexto, serán la biotecnología y la digitalización del agro las llaves para el desarrollo bioeconómico. Deberán hacer su aporte para mejorar la estabilidad de los cultivos a través de la incorporación de nuevos eventos; a moldear la biomasa para que tenga las propiedades óptimas para ser transformada en los productos buscados; o bien, conseguir los mejores microorganismos que optimicen los procesos biológicos de conversión de biomasa. Pero la tecnología es cara y las empresas que incorporan nuevos desarrollos, lógicamente buscan el retorno de la inversión, apostando a captar la atención del segmento más capitalizado.

Según la FAO, de las 570 millones de granjas que hay en el mundo, nueve de cada diez están gestionadas por familias. En conjunto, producen el 80% de los alimentos en términos de valor y constituyen la mayor fuente de empleo del planeta. Lograr que estos productores incorporen también la tecnología será otro de los grandes desafíos que nos plantea el futuro. Por eso la agricultura familiar y el desarrollo territorial deben ocupar un destacado rol en los planes bioeconómicos.

A partir de contar con el sector agrícola más competitivo y sustentable del mundo, Argentina tiene la oportunidad de convertirse en garante fundamental de la seguridad alimentaria del planeta y de la provisión de productos sustentables derivados de biomasa para los mercados de occidente. Sin embargo, la competitividad característica del agro se va perdiendo a medida que se incorpora mayor grado de elaboración. Superar este obstáculo será el gran desafío.

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