Por Emiliano Huergo –General Manager Bioeconomía

El enfoque de la bioeconomía se basa en la producción y transformación sustentable de todo tipo de productos obtenidos por la biología para producir alimentos, materiales, energía, insumos para la agricultura, cosméticos, medicamentos y cualquier otro bien o servicio para la sociedad.

Salvo algunas excepciones, el primer eslabón de las distintas cadenas a las que pertenecen estos productos suele estar atado a un ciclo biológico; y eso implica que el período de cosecha de esa biomasa está acotado a una ventana de tiempo, a veces muy pequeña. Cuando se trata de producciones en grandes volúmenes, aparecen una serie de inconvenientes que encarecen y dificultan la producción.

Por un lado, se requieren grandes inversiones en infraestructura logística, que generalmente queda subutilizada la mayor parte del año. O bien, cuando se trata de productos perecederos, se necesitan instalaciones adicionales que permitan su óptima conservación para que no pierda calidad y pueda conservar su valor.

Por otro lado, desde la óptica de la producción, la cosecha suele requerir una gran erogación de dinero. Ante la ausencia de financiamiento a tasas lógicas, muchas empresas se ven obligadas a adelantar sus ventas, provocando un exceso temporal de la oferta que deriva en caídas de precios. En el caso de los compradores, sucede a la inversa. Adelantar las compras permite aprovechar la oportunidad de los menores precios, pero implica un gasto financiero que no siempre puede afrontarse. Además, el comprador debe disponer de capacidad logística suficiente para almacenar y conservar la materia prima.

A medida que nos alejamos del tiempo de cosecha y nos aproximamos a un nuevo ciclo, los productos tienden a escasear y aumentar su valor, lo que es bueno para el vendedor que lo puede afrontar, y malo para el comprador que no pudo abastecerse antes.

El peso que tiene la logística en la cadena comercial es tan grande que hubo casos donde una simple herramienta ha cambiado por completo el negocio agroindustrial. Tal es el caso de la silobolsa, uno de los grandes inventos argentinos, que trajo solución a un problema de larga data. La falta de capacidad de almacenamiento de granos obligaba a los productores y los exportadores a tener que embarcar lo máximo posible ni bien comenzaba la cosecha. Los acopios colapsaban, los puertos también, los camiones no alcanzaban, una cascada de inconvenientes que repercutían en una logística ineficiente, costosa y que le traía dolores de cabeza a todos los involucrados. Y por supuesto, la abundante oferta tenía su impacto en los precios.  

El silobolsa llegó en el momento justo. El avance de la siembra directa y los adelantos biotecnológicos en híbridos simples de maíz, en soja RR, y la introducción de la genética francesa en trigo, permitieron que la producción de granos tuviera un crecimiento vertiginoso. Entre 1980 y el año 2000 se pasó de poco más de 30 millones de toneladas a 70 millones. Y ahora ya estamos en 150 millones. ¡Y 90 millones se guardan en silobolsas!

Pero eso no es todo. Porque ahora los camiones tienen un uso mucho más eficiente, con más viajes repartidos a lo largo de todo el año. Una buena cantidad de grano va directo del campo al puerto, evitando movimientos innecesarios. La entrega se puede planificar con anticipación, los puertos reciben el cereal con turnos y lo más importante, se embarca durante todo el año. Se terminaron los valles estacionales en los precios.

La agricultura urbana es otro de las ramas que está en pleno auge. En estas granjas ubicadas en grandes centros urbanos los agricultores pueden cultivar en el interior de un edificio durante todo el año gracias al control de la iluminación, la temperatura, el agua e incluso, los niveles de dióxido de carbono. De esta forma se logra que los productos frescos cultivados en estos establecimientos viajen solo unos pocos kilómetros en comparación con los productos convencionales, que pueden viajar miles de kilómetros en camión o avión. Muchas de estas granjas cuentan con su propio mercado ofreciendo alimentos frescos, recién cosechados, durante todo el año.

Algunos ejemplos a nivel global

La precisión en el control de las variables ambientales dentro de los invernáculos permite alcanzar producciones que llegan a duplicar los rendimientos. Por ejemplo, en los Países Bajos, líder a nivel global en agricultura indoor, la papa cultivada en invernaderos alcanza rendimientos de 20 toneladas en 4 mil metros cuadrados, más del doble de las 9 mil toneladas que se cosechan en igual superficie bajo sistemas convencionales y con la ventaja de que se puede programar la producción para tener cosechas durante todos los meses del año. Gracias a esta tecnología, Holanda se ha convertido en el segundo exportador mundial de alimentos, a pesar de que la mayor parte de su superficie agrícola se encuentra por debajo del nivel del mar.

La agricultura urbana se presenta también como una opción ambientalmente responsable y sostenible, al reducir las emisiones de gases de efecto invernadero durante la producción y la distribución de alimentos. También, con las técnicas de cultivos hidropónicos, se logra reducir drásticamente el consumo de agua.

Muchas empresas innovadoras han puesto el ojo en esta tecnología para el desarrollo de infraestructura más eficiente. Por su parte Bayer ha creado Unfold, una empresa de biotecnología exclusivamente dedicada a desbloquear el potencial genético de la agricultura vertical. La compañía se concentrará en desarrollar nuevas variedades especialmente adaptadas para el cultivo de interiores a partir de los germoplasmas de la cartera de hortalizas de Bayer.

Otro caso interesante para analizar es lo que está sucediendo en Brasil con las destilerías de bioetanol. Su producción ha estado históricamente ligada exclusivamente a la caña de azúcar, un cultivo que debe molerse inmediatamente después de cosechado. El período de zafra va de mediados de abril a fines de octubre pudiendo extenderse hasta los primeros días de noviembre. Solo durante estos 200 días promedio las destilerías permanecen operativas.

El boom que está experimentando Brasil con la producción de maíz en el estado de Mato Grosso despertó el interés por convertir los cereales en biocombustibles, aprovechando que estas destilerías permanecen ociosas gran parte del año. Para ello, se deben adicionar una unidad de fermentación enzimática para convertir el almidón de maíz en sacarosa. En 2014 se logró con éxito la primera adaptación de una refinería de caña de azúcar para procesar maíz fuera del período de zafra. El número de las que hoy están operativas trepa a 6 y para la próxima campaña se espera que llegue a 14, ya que 8 se encuentran en obras.

Lo interesante de esta tecnología de destilería flex es que ha permitido un tremendo salto en la eficiencia energética de los ingenios. En sus orígenes, los ingenios fueron diseñados para funcionar aislados de la red eléctrica. El bagazo, la fibra que contiene el tallo de la caña y que queda como residuo luego del proceso de molienda, proporcionaba toda la energía necesaria para producir azúcar y alcohol.

El combustible se quemaba en las calderas, que producían el vapor necesario para impulsar los trapiches, cubrir las necesidades térmicas del proceso y producir la energía eléctrica necesaria para operar el resto de los equipos. Por su humedad y composición, el bagazo al quedar expuesto al calor del verano es un peligroso foco de incendio. Por eso, la eficiencia energética de los ingenios se definía de forma tal de encontrar un equilibrio para que no falte durante la molienda, ni sobre al final de la campaña.

Pero ahora las destilerías pueden continuar operando fuera del período de zafra cañera, procesando maíz. De esta manera, el sobrante de bagazo deja de ser un problema y se convierte en un valioso recurso que permite reducir los costos energéticos para convertir maíz en bioetanol. Ahora sí se justifica ampliamente instalar calderas de alta eficiencia, reemplazar las turbinas que accionan los molinos por motores electrohidráulicos, y realizar todo tipo de ajustes que permitan un menor consumo de bagazo durante el período de zafra, de forma de contar con la mayor cantidad posible al final de esta. Todo ese sobrante reemplazará gas fósil, reduciendo los costos operativos y la huella de carbono de la producción de etanol de maíz. Y lo que es mejor, la destilería ya no permanece ociosa gran parte del año.

Con apenas el 5% de la población global de vacas en ordeñe, Nueva Zelanda logró posicionarse como el segundo exportador de lácteos, detrás de la Unión Europea

En Nueza Zelanda, la alta estacionalidad que tiene la producción de leche está amenazando la sustentabilidad económica del sistema, que se caracteriza por tener los menores costos de producción entre todos los países que cuentan con una producción láctea consolidada. Su competitividad se basa en las ventajas comparativas que le otorga la región. Las lluvias concentradas en invierno y suelos con una abundante capa de materia orgánica, aseguran una oferta suficiente de forraje (pastos naturales y pasturas implantadas) para la demanda nutricional de las vacas durante la primavera y el verano.

Sobre esta base se planifica que todas las pariciones se concentren en agosto. Durante octubre y noviembre se produce el 30% de la producción anual de leche, y a partir de diciembre, los niveles de producción comienzan un franco declive hasta llegar a los meses de abril y mayo en niveles muy bajos. Entrado el invierno, la mayoría de los establecimientos deja de ordeñar hasta que se inicien nuevamente las pariciones. Este modelo basado en el pastoreo con bajo uso de grano tiene costos operativos relativamente bajos, pero influye en los rendimientos productivos de leche. El promedio de leche que entrega una vaca neozelandesa es apenas la mitad que el de una vaca de Estados Unidos o de Canadá.

Sin embargo, con este esquema y con apenas el 5% de la población global de vacas en ordeñe, Nueva Zelanda logró posicionarse como el segundo exportador de lácteos, detrás de la Unión Europea. Pero algunos analistas están poniendo en duda el futuro de este modelo.

Fonterra procesa el 95%de la leche neozelandesa

Fonterra, la gigante cooperativa que procesa el 95% de la leche neozelandesa, viene ofreciendo en los últimos años primas de 50% para el valor de la leche de invierno. Una cifra muy alta en comparación con años anteriores. Y la explicación está en la necesidad de aprovechar mejor la infraestructura logística, que debe diseñarse para poder recoger la producción de primavera, pero que luego permanece con un bajo factor de ocupación el resto del año. Además, la estacionalidad no le permite elaborar productos de alto valor agregado de forma constante durante el año, lo que dificulta mantenerse competitivos en un mercado global muy competitivo como el de los quesos. La producción estacional los limita a la elaboración de productos comercialmente menos atractivos, como la leche en polvo. Por eso avanzan los tambos estabulados, que ofrecen más productividad y una entrega pareja durante todo el año.

Sin embargo, DairyNz, una organización que nuclea a los productores más conservadores, sostiene que la competitividad de la lechería neozelandesa radica en sus bajos costos. Aseguran que ellos no disponen de la producción de granos como los países que han adoptado el sistema estabulado. Argumentan que cambiar el sistema les haría perder el estatus que ha hecho famosa a la leche kiwi. De ser producida solo con pasto. El tema está en pleno debate, al igual que la actitud de la propia Fonterra: se aseguró una participación en Motif Ingredients, una startup estadounidense que apuesta a las proteínas vegetales y que tiene entre sus accionistas a Dreyfus.

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