Cecilia Vignau: “Necesitamos construir un feminismo nuevo”

Antes de empezar a escribir hice una lectura de columnas anteriores y me sorprendió todo el camino que hemos recorrido en estos casi cuatro años compartidos. Esta será mi cuarta columna por el Día Internacional de la Mujer Rural y no dejo de sentirme bendecida por el espacio que ocupo dentro de este maravilloso mundo […]
octubre 25, 2023

Antes de empezar a escribir hice una lectura de columnas anteriores y me sorprendió todo el camino que hemos recorrido en estos casi cuatro años compartidos. Esta será mi cuarta columna por el Día Internacional de la Mujer Rural y no dejo de sentirme bendecida por el espacio que ocupo dentro de este maravilloso mundo que llamaremos “feminismo rural”.

Ninguna de las dos cosas llegó a mi vida con facilidad y debo admitir que me costó mucho más abrazar el feminismo que la ruralidad.  Es que me reconocí como mujer rural hace bastante ya, adoptando la ruralidad desde el amor por la tierra y la producción.  Aunque nacida y criada en el cemento de Buenos Aires, llegó un momento en mi vida en el que respiraba campo por todos y el sentir agropecuario se dio de una manera totalmente natural. 

Que era mujer ya me había dado cuenta, me lo hacían sentir en cada reunión, en cada materia de la facultad, en cada recorrida por los lotes. No me hacía sentir incómoda, al contrario, me gustaba ser el bicho raro, disfrutaba ser “la chica esa” que siempre estaba opinando.  Pero era sólo eso, una mujer en el agro.

Hubo una época en la que pensé que muchas de las cosas que pasaban dentro del sector eran normales. Hubo una época en la que no estuve a la altura de las circunstancias, en la que avalé discriminaciones hacia mis pares, en la que callé frente a abusos laborales. Hubo una época en la que pensaba que nosotras teníamos que ser como ellos para abrirnos camino, en la que estaba convencida que aquella que no se adaptaba para sobrevivir, era débil y no merecía un lugar en la mesa.  Creí fervientemente que mujeres rurales éramos todas pero sólo íbamos a avanzar las que nos mantuviéramos en el rol de compañeras.  Hubo una época en la que abracé mi rol de mujer rural pero seguí siendo machista.  Porque para mí, feministas eran esas que se sacaban el corpiño en las marchas. 

Me tomó una década mírame al espejo y descubrir que había estudiado, me había divorciado, usaba anticonceptivos, vivía sola en mi propia casa y tenía una cuenta bancaria a mi nombre.  Ese día entendí que de haber nacido en otro tiempo, nada de eso hubiera sido posible.  Lo que hasta ese momento no me había dado cuenta es que además de mujer rural, era feminista hasta la médula.  Viví la mitad de mi vida sin saberlo porque ser mujer y feminista no van siempre de la mano. Aunque usted no lo crea.  

Mala palabra

El feminismo llegó a Argentina como un torbellino que venía a arruinar la pomposa vida parisina que llevaba Buenos Aires a fines del siglo XIX.  Nuestras feministas tenían 4 demandas fundamentales: la remoción de la inferioridad civil, la obtención de mayor educación, el auxilio a las madres desvalidas y la cuestión de sufragio.  Nada era descabellado pero era bien molesto.  Un dolor de cabeza para una sociedad en la que casi ninguna mujer se animaba a alzar la voz públicamente y pedir derechos para las demás.  El feminismo entonces, careciendo de empatía y sororidad, se convirtió en mala palabra.

Hasta cien años más tarde, bien entrada la década del ’90, ser feminista fue algo que la mayoría no se atrevía a admitir en ninguna reunión social.  Mujeres que gozaban de las conquistas feministas andaban por la vida sin decir la palabra prohibida.  Aún hoy, ya bien entrado el siglo XXI, ciertos sectores de la sociedad le tienen miedo a la palabra feminismo.  El sector rural es uno de ellos.

Mientras que la mujer urbana puede admitirse o no feminista, decir la palabra en voz alta es algo que no le da pudor.  La mujer rural en cambio, todavía la pronuncia en voz baja y con cierto resquemor.  Es que se ha instalado un estereotipo en el que ser feminista es quitarse el corpiño y embarcarse en una lucha anti hombres. En una sociedad con construcciones culturales machistas todavía muy arraigadas, hay hombres que nos han pedido no usar la palabra feminismo durante charlas en las rurales. Como es una palabra muy fea, se nos ha pedido que hablemos de amor.   Aunque usted no lo crea!.  Suena lógico que en ese contexto ninguna mujer rural se anime a decir “soy feminista”.

Es imperioso que quienes nos atrevemos a alzar la voz trabajemos para reivindicar el feminismo como una bandera de derecho a la igualdad. Y que llamemos a las cosas por su nombre. Necesitamos hablar de feminismo aunque el término cause desaprobación y rechazo. El cuento del neologismo “mixidad” no nos va a llevar a ningún lado, compañeras. 

Mujer Rural 2.0

Es en parte gracias al feminismo que el concepto de mujer rural se volvió más inclusivo.  La multiplicidad de mujeres que forman parte del sistema agroalimentario argentino le dieron forma a este nuevo concepto de mujer rural en el que la diversidad es su mejor bandera y ser distintas, su mayor fortaleza.  Es un cambio de mentalidad que ya hicimos.  Tremendo logro.  Sin embargo, hay otros aspectos en los que no se avanzó casi nada.

No es necesario pensar mucho para darse cuenta que los roles y estereotipos más tradicionales de la sociedad patriarcal se encuentran altamente arraigados cuánto más pequeña es la comunidad y cuanto más longevos son sus habitantes.  En este tipo de escenarios es que la mujer rural no tiene espacios en los que pueda intervenir.

A las mujeres nos pasan cosas sólo por nuestra condición de género, y la mayoría de las cuestiones que trata el feminismo son transversales al tipo de escenario o lugar en el que vivamos o trabajemos.  Si hay algo por lo que se destaca el medio rural es por el arraigo y el sentimiento comunitario tan fuerte que suele tener entre sus habitantes. Poner en marcha un feminismo rural tiene que partir de la propia comunidad, de la unión de las mujeres del lugar por un cambio.  De nada sirven las leyes promulgadas desde un escritorio en un ministerio si no hay trabajo en el territorio que las acompañe. 

“Tenemos que entender que en el campo la mujer rural está sola, no tiene la contención del feminismo urbano frente a la vulneración de sus derechos educativos ni laborales, mucho menos si hablamos de violencia familiar. Es por ello que necesitamos construir un feminismo nuevo, uno de mujeres que luchan por un país inclusivo, federal y productivo”

Con sus propias demandas: la conectividad, el acceso al crédito y el derecho a la tierra entre las más importantes. Un feminismo que sea un espacio de contención y escucha, un lugar cómodo para todas donde podamos desarrollarnos en igualdad.

Sin prisa, pero sin pausa

“Cuando se dice feminismo, para aquellas almas, se encarama por sobre la palabra una cara con dientes ásperos y voz chillona. Sin embargo, hoy, no hay una sola mujer que no sea feminista, podrá no querer participar en la lucha política, sin embargo desde el momento que piensa y discute en voz alta las ventajas y los errores del feminismo es ya una feminista, pues el feminismo es el ejercicio del pensamiento de la mujer”, Alfonsina Storni.

Feministas somos todas pero no todas lo vamos a admitir al mismo tiempo. Mujeres más jóvenes lo tienen mejor masticado, han crecido en una sociedad mucho más libre, mucho más honesta.  Ellas están mucho mejor preparadas para participar de manera activa y se sienten más cómodas en el entorno feminista que quienes somos generación X.  Ellas nos están ayudando a acortar la brecha, a convertirnos en agentes de cambio. Son nuestras hijas y esas mujeres jóvenes a las que inspiramos y hoy admiramos quienes que nos van a llevar de la mano mientras transitamos el camino.  Un camino que en el campo es más lento.

La clave para construir el feminismo rural es la paciencia.  Todas vamos caminando en el  mismo sendero pero no al mismo ritmo.  Quienes lo transitan más lentamente necesitan del apoyo y la comprensión de aquellas que ya llegaron a la meta. 

El feminismo es una discusión a la que todas las voces están invitadas y en la que todas las opiniones son válidas. Queremos que lleguen, las estamos esperando.  La construcción del feminismo rural nos necesita unidas porque no existe un manual, es una creación colectiva, algo que inventamos las mujeres rurales 2.0

El feminismo rural, construido en igualdad de condiciones entre todas las mujeres, será un ejemplo de sororidad, una red de apoyo mutuo que fomente el empoderamiento de todas las mujeres rurales, se sientan feministas o no (todavía).  Feliz día!

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