¿Por qué seguimos pensando en soluciones de baja escala para problemas de gran volumen?
Ing. Agr. Mariano Larrazabal. Head of Circular Economy & Sustainability. Circularworks by Montecor
La agroindustria argentina invierte en maquinaria para producir más, automatizar procesos y ganar eficiencia. Sin embargo, el tratamiento de los residuos orgánicos suele quedar fuera de esa planificación. Cuando la generación alcanza varias toneladas diarias, el espacio, los tiempos y los costos obligan a revisar cómo estamos compostando.
Producimos a escala industrial. ¿Y nuestros residuos?
Una industria alimentaria puede procesar decenas de toneladas por jornada. Un feedlot genera estiércol todos los días y un mercado concentrador recibe, clasifica y comercializa mercadería bajo una dinámica que prácticamente nunca se detiene.
Imaginemos que cualquiera de estas actividades incrementa su producción un 30%. Seguramente revisará su maquinaria, ampliará la capacidad de almacenamiento o incorporará personal. Pero ¿qué sucede con los residuos que genera ese crecimiento?
En muchos establecimientos, su tratamiento continúa resolviéndose con el espacio y los recursos disponibles, sin formar parte de las decisiones de inversión.
La magnitud del problema ayuda a comprenderlo. Argentina genera alrededor de 45.000 toneladas diarias de residuos sólidos urbanos, equivalentes a unos 16,5 millones de toneladas anuales, según cifras de referencia difundidas por el Estado nacional. Aproximadamente la mitad corresponde a la fracción orgánica, de acuerdo con estimaciones del INTA.
A esos volúmenes deben sumarse los subproductos de la ganadería, las industrias alimentarias y otras actividades agroindustriales.
El compostaje ofrece una alternativa para recuperar parte de estos materiales, pero trabajar con cientos o miles de toneladas anuales exige resolver cuestiones que exceden la descomposición biológica: dónde almacenar los residuos, cuánto material puede procesarse simultáneamente, qué personal se necesita y cómo garantizar la calidad del producto obtenido.
El volumen cambia las reglas
Una empresa que genera 100 kilogramos diarios de residuos orgánicos acumula aproximadamente 36,5 toneladas anuales. Si produce una tonelada diaria, el volumen asciende a 365 toneladas. Con diez toneladas por jornada, hablamos de 3.650 toneladas al año.
Estas cifras corresponden al material ingresado, no al compost terminado. Durante el tratamiento se pierde masa por degradación de materia orgánica y evaporación de agua, además de posibles rechazos y ajustes de mezcla.
Hay un aspecto que suele subestimarse al dimensionar las instalaciones, mientras ingresa nuevo material, las partidas anteriores continúan atravesando distintas etapas de transformación.
Una planta que recibe una tonelada diaria necesita capacidad para gestionar simultáneamente el material recién ingresado, el que se encuentra en proceso y aquel que requiere maduración posterior.
También debe disponer de áreas de circulación, almacenamiento y acondicionamiento.
Por eso, comprar un equipo únicamente en función de las toneladas generadas por día puede llevar a instalaciones insuficientes. El proyecto debe contemplar el ciclo completo, los picos estacionales y las posibilidades de ampliación.

¿Qué tecnología conviene utilizar?
El compostaje tradicional conserva aplicaciones perfectamente justificadas. La elección entre distintas tecnologías depende del volumen, las características de los residuos, la superficie disponible y las condiciones operativas.
Existen tres configuraciones ampliamente utilizadas.
- Compostaje en pilas o hileras. Permite procesar grandes cantidades con infraestructura relativamente sencilla. Requiere superficie, maquinaria para volteo y seguimiento de humedad, temperatura y aireación. Las condiciones climáticas pueden influir sobre el proceso.
- Pilas estáticas con aireación forzada. Incorporan ventiladores y circuitos que suministran o extraen aire. Pueden reducir la necesidad de volteos y facilitar determinados controles ambientales, aunque requieren diseñar adecuadamente la mezcla y la distribución del oxígeno.
- Sistemas cerrados y compostadores rotativos. Concentran parte del tratamiento dentro de equipos específicos. Facilitan la mecanización, permiten controlar distintas variables y reducen la superficie necesaria durante la fase contenida. Su elección exige evaluar inversión, energía, mantenimiento y capacidad efectiva.
La Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA) reconoce estas configuraciones y sus diferentes requerimientos operativos. También señala que el material descargado de sistemas cerrados puede necesitar una etapa posterior de maduración.
Este punto es importante: reducir el tiempo de permanencia dentro de un equipo no garantiza obtener compost maduro y apto para cualquier aplicación.
Una comparación técnica debe considerar todo el recorrido del material, desde su recepción hasta que cumple las condiciones de calidad previstas.
El precio del equipo es apenas una parte del costo
Cuando una empresa evalúa incorporar tecnología de compostaje, suele comenzar comparando presupuestos. Sin embargo, el precio de adquisición representa solamente una parte del desembolso.
Hay que sumar los movimientos internos de materiales, el personal, el mantenimiento, la energía, la infraestructura auxiliar, los controles ambientales y las actividades posteriores al tratamiento.
La superficie ocupada también tiene un valor económico.
Un establecimiento ganadero con terreno disponible puede encontrar en el compostaje en pilas una alternativa razonable. En cambio, una industria con espacio limitado, próxima a zonas urbanizadas o que necesita procesar residuos diariamente puede beneficiarse de una instalación más compacta y mecanizada.
La comparación debería apoyarse en cuatro indicadores:
- Costo por tonelada de residuo ingresado.
- Toneladas procesadas por superficie ocupada.
- Horas de trabajo requeridas por tonelada.
- Costo por tonelada de producto final que cumple los requisitos de calidad.
Este último dato merece atención. Una instalación puede mostrar una elevada capacidad de procesamiento, pero si el material descargado necesita tratamientos adicionales o presenta variaciones importantes, el resultado económico cambia.
Del mismo modo, una inversión inicial superior puede compensarse mediante menores costos operativos durante su vida útil. Esa ventaja debe comprobarse con números propios de cada establecimiento.
La rentabilidad también depende de qué sucede después del tratamiento. Comercializar un producto, aprovecharlo internamente o reducir los gastos de disposición genera resultados económicos diferentes.

Sin trazabilidad, la escala también multiplica los problemas
Procesar mayores cantidades implica controlar mejor lo que ingresa, cómo se transforma y qué características presenta el material obtenido.
No alcanza con registrar toneladas. Es necesario conocer procedencia, composición, condiciones de recepción, evolución de las temperaturas, tiempos de tratamiento y resultados analíticos.
En Argentina, la Resolución Conjunta 1/2019 establece requisitos para la producción, registro y aplicación de compost elaborado a partir de residuos orgánicos separados en origen y recolectados de manera diferenciada. Posteriormente, SENASA adecuó su normativa mediante la Resolución 1434/2019.
El marco regulatorio refleja una cuestión técnica importante, transformar residuos y obtener materiales aptos para determinados usos productivos requiere controles específicos.
La estabilidad, madurez, composición e inocuidad adquieren especial relevancia cuando el destino es agrícola.
Una partida mal estabilizada o con características diferentes de las previstas puede comprometer su aprovechamiento y generar costos adicionales.
Registrar el comportamiento del proceso permite detectar desvíos, corregir operaciones y comparar resultados. También aporta información para definir mejoras y futuras ampliaciones.
En este punto, la incorporación de sensores, automatización y registros sistemáticos puede contribuir a reducir errores operativos y mejorar la consistencia del producto final.
El compostaje también puede generar una nueva actividad productiva
Durante mucho tiempo, el tratamiento de residuos se planteó principalmente como una forma de resolver problemas de acumulación y disposición final.
Sin embargo, determinadas corrientes orgánicas permiten avanzar hacia modelos que incorporan su aprovechamiento posterior.
El compostaje puede ser una primera etapa. Según las características del material obtenido, es posible sumar operaciones de acondicionamiento, clasificación, formulación, mezclado o peletizado para desarrollar productos destinados a diferentes aplicaciones.
Para una agroindustria, esto abre la posibilidad de evaluar una actividad complementaria vinculada al aprovechamiento de sus propios subproductos.
Desde esta perspectiva, la experiencia argentina en fabricación de maquinaria representa una capacidad relevante. Empresas como CircularWorks by Montecor trabajan en la integración de equipamiento para tratamiento de residuos orgánicos y tecnologías destinadas a su posterior valorización.
Analizar conjuntamente estas etapas permite dimensionar mejor las instalaciones, prever necesidades operativas y estudiar posibles destinos para los materiales recuperados.
Por supuesto, no todos los residuos son aptos para cualquier aplicación ni todo material compostado puede comercializarse automáticamente como fertilizante. Cada producto requiere caracterización, controles de calidad y cumplimiento normativo.
La oportunidad debe analizarse considerando la inversión, los costos de operación, la demanda potencial y el valor del producto resultante.

El costo de seguir postergando decisiones
Hay una variable que pocas veces aparece en los proyectos de inversión, cuánto cuesta continuar gestionando los residuos exactamente igual que hasta ahora.
Cada tonelada que necesita trasladarse, cada metro cuadrado destinado a la acumulación de materiales y cada hora de trabajo dedicada a resolver problemas operativos forman parte de un costo que las empresas asumen, aunque no siempre lo identifiquen como tal.
La presión para revisar estos esquemas probablemente aumente. Las exigencias ambientales, la necesidad de mejorar la eficiencia y el interés por recuperar materiales aprovechables están incorporando nuevas variables a las decisiones de inversión agroindustrial.
En este contexto, el compostaje tiene margen para evolucionar hacia una actividad con mayor integración tecnológica, capacidad de planificación y resultados económicos medibles. Para Argentina, además, representa una oportunidad de desarrollar industria nacional vinculada al equipamiento, la transformación de residuos y la producción de nuevos insumos.
Pero hay una decisión que antecede a cualquier inversión: determinar qué lugar ocupará la gestión de los residuos dentro del negocio.
Porque mientras las empresas continúan ampliando su capacidad productiva, los materiales que descartan también crecen. Y postergar su tratamiento puede terminar siendo bastante más costoso que planificarlo.
El futuro del compostaje industrial también dependerá de cuánto estemos dispuestos a invertir en aquello que, hasta ahora, preferimos simplemente retirar de nuestra vista.





























